Adictiva al extremo, desgarradoramente pasional e intensa, “Dexter” es lo mejor que le ha pasado a la televisión en décadas. Fascinante y arrebatadoramente sangrienta, la obra supone una insurgente y provocadora invitación a liberar nuestro lado animal, aquel en el que habita nuestro más oscuro pasajero.

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Irreverente, desbocada, incorrecta y portentosamente atrayente, Dexter (Michael C. Hall) posee la habilidad de desatar nuestra naturaleza violenta, aquella que durante ocho temporadas nos ha incitado a adentrarnos en la oscuridad, convirtiéndonos en el sombrío compañero de juegos de Dexter. Este último, villano y héroe de una serie ideada con maquiavélica genialidad y lucidez, se despide de ese pequeño rincón del mundo llamado televisión. Y lo hace con una sangrante e inconsolablemente última temporada.

[quote_box_center]Hemos presenciado casi tan atónitos como el propio protagonista la transformación de un ser que, tras renegar de su humanidad, elige ser un perfecto padre y asesino[/quote_box_center]

Sin límites, sin censuras, y sobre todo sin secretos o falsa hipocresía. Desde el instante mismo en el que Dexter (Michael C. Hall) hace acto de presencia en el turbio y cautivador escenario de Miami, somos invitados a adentrarnos en la más sangrienta y arrebatadora locura, una demencia brillante y enrevesada que define la propia personalidad del personaje. Éste, elemento sinuoso e hipnótico de la obra, es un pulcro, retorcido y frío analista de sangre que, pese a encontrar en el asesinato su mayor entretenimiento, hace de este un mundo mejor.

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Si Dexter en un héroe o un villano es algo que queda a elección del espectador

 

[/quote_left]Y lo hace convirtiendo su sanguinaria necesidad de matar en un retorcido juego en el que todos los criminales son considerados jugadores pasivos de la partida o, dicho de otra manera, futuros cadáveres que despedazar. Si todo esto convierte a Dexter en un héroe o un villano es algo que queda a elección del espectador. Estamos ante una criatura monstruosamente encantadora a la que resulta del todo imposible censurar una vez que hemos seguido su espiral de sangre, violencia e instinto asesino. Ni siquiera cuando su mirada vibrante y golosa ante la sangre delata su fascinación por el horror, podemos censurar que éste se sienta como un niño ante una pastelería cuando es un cuerpo sin vida lo que se le coloca enfrente.

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La simpatía y casi comprensión por un ser que encuentra placer en el asesinato sólo puede ser entendida por quienes hemos viajado con el oscuro pasajero de Dexter durante ocho temporadas. Hemos presenciado casi tan atónitos como el propio protagonista la transformación de un ser que, tras renegar de su humanidad, elige ser un perfecto padre y asesino.

Sin espacio para el engaño, Dexter ha expuesto desde el primer episodio su desgarrada naturaleza carnicera, así como cada pensamiento o inquietud más inquietante. Todo ello con el humor retorcido e hilarante de un villano de cómic que, con el suficiente carisma y sangre fría, pregunta a sus víctimas el secreto de una relación de pareja justo antes de matarles. 

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